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jueves, 29 de enero de 2015

Aurora Luque: En los bosques de Flandes.

En los bosques de Flandes

In Flanders fields blow the poppies
J. McCRAE, 1915
aceptar que los amamos muy mediocremente
M.YOURCENAR, La Grande Guerre

En los bosques de Flandes no vi las amapolas.
Los bunkers son montículos piadosamente verdes.
Entre las blancas cruces alineadas
hay un césped sumiso, bien peinado.
No brotan amapolas, sí jacintos azules
en laderas cercanas. La sangre de los muertos
antiguos ya no es roja
en los bosques de Flandes,
el fervor ha mutado en congoja inaudible,
el pánico mudó en resentimiento,
el aullido en nostalgia
y así, entre las patatas cosechadas,
se asoma alguna vez una granada
de mano, enmohecida, como un horror exótico,
como final anécdota del día.
¿Qué supimos de Ypres, de los chicos de Ypres,
de sus cinco matanzas?
Un heroico chaval americano
con la pierna cosida a cicatrices
ha vuelto vivo, cien años después,
y vive en la pantalla, en una serie,
entre el negro Chicago
y el océano gris de Atlantic City.
En el barrio no quieren oír sus batallitas
de salvamento de la democracia
-esa señora hipócrita y altiva,
con sus joyas de anciana, con la cadera rota.
Las muy libres memorias vitriólicas
de Apollinaire soldado
se reeditan hoy en Barcelona
y el absurdo supura de las páginas
como savia podrida de aquellas amapolas
de los campos de Flandes.
Nunca amamos la paz, solo sentimos
pasajera vergüenza de las carnicerías,
un mudable pudor.
Y la guerra es un bulbo
exportable, lozano, un oscuro tubérculo
que arraiga en cualquier lodo.

En los bosques de Flandes, los jacintos,
portavoces quizá de la melancolía
de los viejos cadáveres,
susurran que su guerra mutiló bellos cuerpos
que dejaron amor a medio hacer,
y mutiló países, y a lo lejos, nos dicen,
su metralla de siglos
mutila con su negra cirugía
la memoria del hombre,
moho del tiempo sobre el pensamiento.
Se secan los ramajes elocuentes
de la épica
y queda solamente
la piedad de unos pétalos
en los bosques de Flandes.

AURORA LUQUE